remiendos.18

Cuando era chica, mientras mi abuela cosía en su máquina, yo me cosía los dedos con una fina aguja. Perforaba las delgadas capas de piel y hacía fluir el hilo por esos túneles delicados, no sin placer, pero con un pequeñísimo dolor agudo en cada puntada.

 

No recuerdo los patrones de costura, las preferencias de color, o cuanto tiempo dedicaba a tal empresa, pero hoy comprendo que ese acto infantil era una metáfora de lo efímero de toda existencia viva, de la fragilidad a la que todo cuerpo está destinada.

 

Un ánimo de unión de lo inconexo, de reparación imposible, una herida casi imperceptible de conexiones infinitas. Una analogía a la especie humana, que destruye, genera dolor, a la vez que unifica y construye.